Hacer patria, ser familia

 Mi abuela solía decir siempre una frase como resorte automático al final de cada historia o anécdota. Ella suspiraba y decía "pero bueno, así es la vida, triste y jodida". Yo nunca entendí cual era su origen o vínculo con dicha oración y siempre me parecio algo pesimista, incluso cuando yo mismo empece a repetirla por costumbre.

Las primeras noches de mi viaje, sólo en mi carpa en Caa catí no podia parar de pensar en ella, y tampoco de preguntarme qué estaba haciendo yo allí ¿qué diantres estaba buscando probarme a mi mismo o qué verdad venía a buscar?

El camping municipal era un sitio bastante familiar destinado a los locales o visitantes cercanos, por lo cual mi presencia solitaria desentonaba demasiado con el ambiente.

Mis vecinos eran de lo más diversos, yo los miraba y escuchaba desde lejos tratando de no llamar mucho su atencion para evitarme conflictos. Había grupos que todos los medios días venían a celebrar cumpleaños infantiles en el balneario y tenían una quincena de niños entrando y saliendo a las corridas de la laguna. Como siempre que viajo a cualquier lado, no podia faltar la familia de porteños indignandose por algo y acá tenia a una pareja muy disconforme con la fauna local, desde las palometas que les mordian los pies en la laguna y la señora juraba que eran en realidad pirañas, hasta los patos Mbigua que los despertaban con sus gritos desde lo más alto de los eucaliptales. 

Había muchas familias numerosas y disonantes que venían a hacer asados e incluso guisos para más de veinte personas. Estaban presentes desde el abuelo más viejo hasta el sobrino más raro. Tíos, primos y hermanos de todas las edades hablaban superponiendo sus voces en conversaciones y risas.

Recuerdo que en una de ellas, al fondo en una silleta tenían sentada a una abuela, ella miraba todo el rato, sonreía y parecía casi ajena. Cada tanto alguna persona se acercaba a ofrecerle algo o hablarle. Cuando debía moverse venían y entre dos hombres, uno alto robusto y un petizo regordete, prácticamente la alzaban a upa hasta donde sea.

Uno de esas mañanas se instaló al lado mío un tallerista de comparsa, al principio no entendí que era o que hacía, lo fui deduciendo conforme escuchaba las charlas desde mi carpa. Hoy podría tomarlo como una premonición a lo que vendría más adelante en mi futuro.

Si tuviera que dividir mi viaje en localidades y etapas, Caa catí, la primera parada y la única medianamente planeada, fue la mayor representación de mi duelo y mi dolor.

En una ciudad quedada en la nostalgia y solo habitada por familias, yo sentía mi soledad y mis pérdidas más en carne viva de lo normal. Y la forma más clara y externa que tuve de sentirlo fue el hambre que pasé casi todo el tiempo que me quedé allí. 

Porque cuando llegue ahí me dí cuenta que había cosas que no planee bien, porque lo que planee no se podía realizar en el camping que estaba, porque no había mucha oferta o porque la que había se salía de mi presupuesto, el cual me negaba rotundamente a romper nada más empezar el viaje que debía durar diez días.

Para cuándo le encontraría la vuelta ya me tendría que ir. 

Mi rutina nutricional consistía mucho en el chipá que un vendedor ambulante venía a vender al camping religiosamente todas las mañanas, al que galardonaria luego yo mismo como uno de los más ricos que probé; café que había traído, y un mate cebado desde el vaso térmico del café a un vaso de usos múltiples que le dejaba un sabor horrible. No haber planeado bien el mate fue uno de los fracasos más grandes de ese viaje. Luego a veces volvía a tiempo de mis recorridos sin rumbo por la ciudad, y lograba encontrar la cantina matutina del lugar abierta. De las dos que había en el camping ésa solo abría al medio día, era atendida por unos locales que ofrecían dos o tres variedades de comida como almuerzo , pero cerraban temprano. Y en última instancia iba resolviendo con lo encontraba en los comercios, pan, fruta, etc.

Un día llegué muerto, había visitado el museo que quedaba a la entrada de la ciudad y el recorrido bajo el sol había acabado conmigo. Cuando ví el reloj y la cantina aún abierta automáticamente mi mente se iluminó y sin perder tiempo de pasar primero a dejar las cosas por la carpa,  fui derecho al mostrador donde la señora limpiaba metodicamente unos vasos.

Nada más con ver su mirada al verme llegar pude anticipar su respuesta ,"no me queda nada, ni un pan". "¿Nada de nada?" Pregunté riéndome para envitarme la vergüenza de que note mi desepcion. "nada, vendimos todo" sentenció y finalizó la interacción volviendo a su tarea. Yo me dí la vuelta y camine lentamente hasta mi carpa. El camping estaba a reventar de familias y grupos de gente divirtiéndose bajo el ardiente sol y chapoteando en el agua.

Abrí y ordene todas las cosas como era mi rutina, para luego sentarme a descansar en la entrada con los pies en la tierra, que era a esa altura del día lo único medianamente fresco, pero las risas de la gente y el olor a las comidas solo formaban un hueco eterno en mi pecho, a la altura del corazón y del estomago. Finalmente me rendí y volví a entrar a leer mi libro a la sombra y el calor de la resolana verde que desprendía la pared de mi carpa.

No llegue a pasar ni dos renglones de lectura cuando una cabeza se asomó de imprevisto por la entrada de la carpa. Era una señora morocha, pelo corto y mediana edad que me sonreía y sin darme tiempo a procesar el susto me dijo, "Hola disculpa que te moleste, nosotros estamos con mi familia acá al lado ¿Vos ya comiste?".

Yo la mire perplejo sin entender nada, le devolví el saludo con respeto y no sabía que responderle a continuación. Pensé en mentir y decirle que sí, porque me daba mucha vergüenza mi situación, sin embargo le respondí con una risa tímida que no, pero ya preparado para continuar con alguna excusa atenuante. No me dejó.

"¿querés arroz con pollo? Nosotros hicimos y sobró un montón, si a vos no te ofende yo te traigo un plato ¿Te parece?" Soltó de golpe todas las palabras sin darme mucho tiempo a la reflexión.

Yo que estaba aún con la sorpresa fresca asentí y en un tiempo demasiado corto como para que logre reorganizar mi espacio, ella volvió con un plato repleto de comida, cubiertos y una bolsa de pan. 

Le agradecí nuevamente mientras recibía las cosas , aún avergonzado aunque sin entender muy bien de qué. Ella respondió "no es nada corazón , yo me llamó Cintia, soy de corrientes, nosotros vinimos de capital ¿y vos? " Yo le respondí que también. Me sonrió y se fue.

El plato era más parecido al arroz con pollo que hacían en mi casa, en el Chaco, que lo que los Correntinos solian hacer. Aquí era más probable que lo llamaran guiso solo por incluir tomate y zanahoria en la preparación, pero por lo mismo cada bocado me llevaba sin mi permiso a los momentos más felices de mi infancia. 

En mi garganta se empezaron a mezclar el hambre de comida con el hambre de afecto y una ola de calor empezó a subir lentamente por mi columna hasta detenerse al borde de mis ojos, dónde como un auto con el encendido roto, el llanto no arrancó. Se quedó atorado allí donde siempre, en la ventana de mis ojos mirando aquel plato de comida y la amabilidad inesperada de una extraña, que me reconciliaba un poco con el mundo. 

Cuando termine todo fui a lavar con mucho cuidado el plato y los cubiertos y me dirigí al campamento de aquella familia a devolverlos. Conforme me acercaba no podía evitar sentir envidia de ellos. Todos ahí reunidos un día de verano cualquiera, sentados en sus silletas ya gastadas del uso, incómodos cagandose de calor pero disfrutando y matándose de la risa en un momento compartido, que en sí no salía caro pero valía muchísimo. 

Yo recordaba momentos así con mi familia sólo cuando éramos muy chicos, pero después con cada despedida se fue erosionando. Y con la muerte de dos de mis abuelos en los últimos meses sentía que lo poco que quedaba de ella agonizaba.

¿Por qué es que cuando mueren los abuelos pasa eso con las familia? Poco a poco hasta habiamos olvidado las excusas para reunirnos. Quizás sin la sangre que nos formó nos volvíamos un poco extraños. 

Tímidamente me acerque a interrumpir la charla y volví a agradecer. Cintia me dijo que no había necesidad de que lavara todo y yo le respondí que era lo de menos.

Cuando me estaba yendo de vuelta a mi carpa una camioneta llegó a su camping y bajaron un grupo de tres hombres a los gritos. La llegada parecía sorpresa para todos los allí reunidos que se empezaron a parar y corrieron a abrazar al más joven de los tres. Entre tanto griterío, el hombre que aún estaba sentado junto a Cintia pregunto "¡pero miraaa quién apareció! A este desde que murió la tía no lo sacaba nadie de su casa ¿Y Cómo llego acá?". " Yo lo llamé" le respondió ella encogiéndose de hombros. Intercambiaron miradas y continuaron con una charla que ya no escuché.

Ya de vuelta tirado en el piso de mi carpa empecé con la digestión de la comida y toda la escena. 

Tanto el joven como la familia estaban muy felices de encontrarse, sin embargo ninguna de las partes había atinado a seguir insistiendo después de la tragedia. 

"Así es la vida, triste y jodida" decía mi abuela, y ahora de golpe me sonaba distinto, más optimista. Ella que en su larga vida llegó a experimentar un sinfin de tragedias, había aprendido a dar por sentado que las cosas malas siemplemente pasan, la gente se va, la muerte llega, el dinero nunca parece alcanzar. Pero no daba renegar con ello, porque eso mismo ya era "la vida, triste y jodida".

Eso era inamovible y esperable, todo lo demás era nuestro.

Nuestra vida era lo que construíamos al rededor de toda esa tristeza y esa desgracia. Como seguir llamando a alguien después de una perdida, no por el difunto sino para mantener el vínculo entre los que quedamos.

Al final del día las familias no mueren por los abuelos, fallecen porque ya no esta la persona que llama, la que se acuerda de todos los cumpleaños, la que pregunta por los parientes, por los primos, por los hijos. La persona que si no estas en la mesa lo va a notar, y tarde o temprano te va a llegar su pregunta o su reclamo. "Que chismosa que es la abuela"  reíamos inocentemente sabiendonos recordados. 

Si nadie toma la posta, si nadie ocupa como un trono aquel lugar en la punta de la mesa desde el que se distinguen todos los rostros, de a poco parece que nos vamos borrando y un día alguien ya no se acuerda el nombre que le pusieron al último bebé nacido.

En el rush tan apurado de hoy en día la intensidad y la magnitud del deber con el que nos unían los abuelos parece imposible de suceder a una sola persona. 

Entonces recordé que yo mismo extrañaba o esperaba ver personas en las reuniones, que lentamente iban desapareciendo pero sin embargo nadie preguntaba. Yo también delegaba esa tarea a otras personas, aunque era perfectamente capaz de hacerlas y satisfacer mi propio interés.

El día que la abuela dejo de amasarlos dejamos de comer fideos caseros los domingos y empezamos a comprarlos. De a poco fuimos cediendo nuestro propio patrimonio al olvido. Cedimos las recetas, cedimos la agenda con los números escritos a puño y letra, cedimos las historias y con ellas la tierra fértil que nos vio nacer. 

Éramos todos guachos de madre y patria. 

Recién en ese entonces lo entendí. Entendí tantos años de discursos y palabras que ella me repetía hasta al cansancio sobre la familia y la vida, muchas cosas que incluso me molestaban que me las dijera porque sentía que ella no entendía mi vivencia y mi dolor. "Mira si no habrá entendido ella sobre el dolor" me rei burlón en mi cabeza al descubrir mi propia soberbia juvenil. 

De repente en esa carpa a kilómetros de mi casa, me sentí irónicamente menos solo. De golpe sentí que el mundo era igual de gigante que siempre, pero también más poblado de seres humanos. Personas como Cintia , como mi abuela, que activamente tomaban la desicion de hacer patria con su legado y elegían ser familia. 

Yo sabía hacer fideos con la receta que mi abuela misma me había enseñado y tenía su máquina que me había heredado en vida. 

Esa noche, mientras lograba conciliar uno de los sueños más reparadores en meses, decidí que al regresar de mi viaje volvería a participar de los domingos familiares, pero está vez de forma activa, eligiendo a aquellos que quiero que sean y sigan siendo parte de mi familia. Saludando en los cumpleaños, hablando, preguntando, recordando.

Y haciéndoles los fideos que mi abuela me había enseñado.

Siendo un respetuoso patriota de mi legado... haciendo familia. 





 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Violentos

Transgredir el tiempo

La aventura de Logan