Violentos
"Pasa que ustedes vivían haciendo cagadas y se vivían peleando". Eso es verdad, yo también lo recuerdo perfectamente, y sin embargo hoy si veo a dos niños agarrándose a los golpes hasta hacerse daño me escandalizaria.
Decir "Ya van a ver cuando venga su papá " no era una amenaza, era una profecía autocumplida. Siempre reinaba el caos al momento mismo en que se escuchaba el ruido del motor acercarse a la reja de la casa. A veces sino, era la Silvia que nos advertía "en cualquier momento va a llegar su papá " como última advertencia para llamarnos al juicio o para intentar resolver lo que sea que fuera el problema, antes de que él cruzara la puerta.
Las peleas, o las discusiones no eran lo más grave pero en esos casos no había abogados, tu mejor ventaja residía en poder contar tu versión de lo sucedido primero y lo más creíble antes de que el otro te contradijera, difícilmente alguien iba a respaldarte o salir en tu defensa, acá todos eran enemigos.
En el peor de los casos había ocurrido alguna baja, algo se había roto, manchado o descompuesto, en ese caso ya no había esperanza para nadie. La paciencia de papá, ya inexistente a la hora de salir de una agobiante jornada laboral de casi todo el día, solo encontraba un camino de alivio al llegar a una casa donde un montón de niños trataban de a los gritos superponer su verdad sobre la de los demás. Y ese camino era siempre el mismo. Nadie gritaba más fuerte que él.
Ante lo inevitable en realidad la estrategia favorita al escuchar las llaves sobre la puerta era otra. Esconderse, lo suficientemente bien para demorar lo máximo posible el unico destino conocido. Papá empezaba a llamarnos a los gritos mientras nosotros detrás de puertas o debajo de las camas conteniamos el aliento y endureciamos mentalmente la piel. De repente una mano te cazaba el pelo y te sacaba fortuitamente de tu escondite mientras los gritos propios y los retos se sincronizaban al ritmo de los golpes que ardían la piel
A veces eran patadas que tiraban la puerta abajo, y tenías que ser inteligente para saber cuando ya era tiempo de rendirse y dejar de sostenerla, antes de que al abrirse bruscamente además te diera en la cara. Algunas veces resultó una pobre victoria accidental, porque escondidos en el rincón entre la pared y la puerta algunos golpes entraban menos.
"¿Pero la puta madre ustedes se piensan que las cosas no salen plata?" Papá renegaba mucho con el costo de las cosas, pero al mismo tiempo en sus arranques de furia no tenía problema en romper cualquier cosa que le molestara. "Pará, pará pará Alberto" iba mamá detras de él tratando de calmarlo inútilmente, al ver que otra vez se le estaba saliendo el temperamento de las manos. Solo para terminar de ver como tiraba algo al piso, la basura o a veces incluso a la calle. Más de una vez agarro el martillo y lo rompió a golpes frente a nuestras miradas atentas.
Los que eramos los más chicos teníamos otro manejo, nunca vi a papá ser físico con mis hermanos mayores. Mi hermana raras veces "ligaba" de mano de él, pero si recibía mucho las esquirlas de nuestras peleas o lo que a los más chicos nos tocaba.
En cambio ella solía recibir otros tipos de castigos y humillaciones. Uno que nunca abandono mi mente fue aquella vez cuando papá en uno de sus arranques agarro el frasco de perfume Jonhson&Jonhson que mi hermana usaba, y se lo vacío en la pileta del baño, al grito de que estaba harto de ese olor de mierda. Mi hermana inútilmente trataba de empujar su brazo mientras sollozaba a los gritos que eso era suyo. "A mi que mierda me importa, esta es mi casa". El resto de nosotros nos quedamos en silencio, cada quien entrenado para hacer oídos sordos del sufrimiento ajeno. Cualquier intervención en ese estado podía significar una paliza de arriba. Acá no había aliados.
Aunque durmieramos de a pares en habitaciones separadas, todos podíamos escuchar perfectamente, al que acostado, aún lloraba y se quejaba de algún dolor físico o emocional. Hasta que una voz conocida desde el cuarto de mis padres decía "córtala, cállate o me voy a levantar y vas a cobrar de nuevo".
Una de esas noches papá además de los golpes había destrozado un adorno que yo quería mucho y no podía dejar de llorar sobre a mi almohada. Aunque ya había recibido dos advertencias no podia contenerme, mi hermana desde la cama de arriba ya me había recomendado por lo bajo que me calmara o iba a ser peor, pero yo no podía lograrlo.
Una vez más llegó la advertencia desde lejos y oí a papá sentarse en la cama. Escuche a mamá con la voz adormilada decirle que deje, que se acueste pero un "cállate vos no te metas" la resignó rápido.
La angustia se me mezclo con miedo y a los sollozos se les coló tambien el hipo. Las ojotas de papá sonaban acercándose en el pasillo oscuro. Mi hermana me rogó una vez más que me callara por favor, pero no pude. En la oscuridad sentí el golpe y el reto "vas a seguir llorando? Eh?" Seguido de más golpes "basta te dije" . "Ya papá" intento defenderme la timida voz de mi hermana, quien también recibió un "Vos callate" como respuesta, y solo se acostó tapándose la cabeza con la almohada. Yo sentía que no podía respirar, mientras mi garganta ardía por llorar, casi lo mismo que los lugares donde los castigos tenian contacto. Metí mi cabeza bajo la almohada y apreté con fuerza contra mi boca. Deseé en mi mente con todas mis fuerzas dormir, y entonces escuche como papá luego de una ultima amenaza volvía a la cama.
Esto podía ser un día normal de semana y al día siguiente había que madrugar para ir al colegio, poco descansados algunos, otros con los ojos hinchados lavándonos la cara para ponerle la mejor actitud posible, porque cualquier cosa podía encender el volcán de nuevo. Lo más probable era que ese día no fuera a prestar atencion a ninguna clase.
En esa casa todos vivíamos así, con los humores caldeados constantemente cualquier discusión era de vida o muerte. Todo parecía injusto. Era lo mismo que alguien te quitara tu lugar en el sillón o la última porción de algo que habías guardado. Nadie iba a defenderte porque tenían sus propios problemas, asique la justicia era por mano propia, cada uno con la suya. Las alianzas estaban echas en el momento con la certeza misma de que ante el miedo todos iban a traicionarte.
A mi esa pauta me daba bronca sobre todo de mi hermano más chico, que era mi mayor complice en travesuras. Nos hicimos expertos en romper las reglas para sobrevivir dos segundos de aburrimiento o mal humor. Pero él ante la primera increpancia se quebraba y me mandaba al frente, eso desató muchas peleas que terminaron en grandes cicatrices.
Pero aunque mi bronca fuera inmensa dos segundos antes, todo se licuaba cuando en la habitacion de al lado empezaba a escuchar el primer "pará papá no" y luego el clásico sonido de un cinto chicoteando sobre la piel y los gritos que desataba. Eso era normal. No lo iba a rescatar, a veces lloraba yo también desde la otra pieza tapando mis oídos hasta que terminara, era casi ganar tiempo porque si no había empezado por mi, seguía yo.
Recuerdo que una vez a la mañana siguiente fuimos a la casa de mis abuelos, y cuando mi abuela me preguntó en la cocina secreteando por qué mi hermano estaba tan malo, yo me encogí de hombros y le conté sobre la paliza con el cinto de la noche. Aún recuerdo la cara que puso y como se escandalizó. Yo la miré sorprendido y un poco confundido ante su reacción, no entendía, eso era lo cotidiano. Yo estaba convencido de que pasaba en todas las casas. De repente me entró miedo de estar diciendo algo que luego cuando papá se enterara me sumará un castigo, asique me reí incómodo y negué todo diciendo que era chiste. Mi abuela me miró extrañada pero se relajo con un "ahhhh". No volví a mencionarlo a ningún mayor.
De echo no volví a hablarlo con casi nadie más. Intentar contar los detalles de los maltratos me hacían volver a tener miedo y temblar el cuerpo hasta estando bajo el rayo del sol.
Pero casi al inicio de mi último año de colegio, ya había tenido más que suficiente de ese ciclo de peleas y gritos. Fui con mi abuela y ella feliz me dio refugio en su casa. Tome pequeñas cosas y las fui mudando en viajes de colectivo ante la desaprobación de mi papá, que aunque aún conservaba mucha fuerza, yo ya no le tenía tanto miedo.
Nunca más volví a vivir ahí, y eventualmente todos nos fuimos de ese lugar en tandas. Dejar atrás esa casa significó para cada uno de nosotros una cosa diferente, pero para mí particularmente fue como tirar una caja repleta de porquería al fondo de una laguna. Que cada tanto iba largando algo que llegaba a la superficie y apestaba todo. Y ahí iba yo, con un nuevo "sintoma" que solucionar entre medicos y terapias.
¿Cuantos años se puede tardar uno en filtrar completamente el agua de una laguna contaminada? Yo llevo 16 años y contando. En el medio tuve fobias, enfermedades, insomnios, pesadillas, taquicardias, depresiones, medicación e intentos de suicidio. Todo antes de siquiera considerar en que la solución más efectiva era sacar la caja entera del fondo del agua.
"Yo nunca conté estas cosas, y no sé por qué ahora me molestan y no quiero seguir tolerandolas pero tengo miedo de que si las cuento vaya a destuir algo, alguna especie de paz o orden delicado"-le cuento a mi terapeuta que ha visto ya a estas alturas casi la mayoria de mis crisis. Él me mira y sin dudarlo responde con enfasis "destrúyelo".
Porque el dolor cuando cae sin paleativos lo primero que te roba es la palabra y la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad. Y segun Georges Braque, el arte no es más que una herida echa luz.

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