Transgredir el tiempo

 " pero ¿y por qué no le contas a nadie como te sentis?"- me pregunta Nico aunque ya sabe lo que voy a responder, solo esta esperando a que yo lo diga.

"porque siento que ya pasó mucho tiempo, y me da miedo haberme vuelto solo esto"- digo señalandome con ambas manos- "la sombra de una perdida para el resto de mi vida".

¿Sabes qué es lo peor? que yo ya sabía. Yo ya sabía los ultimos meses cuando iba de visita a Resistencia que mi abuela eventualmente se iba a morir y por alguna razón pensé que estaba listo.

De echo supe que ese día estaba más cerca cuando ella misma dejó de mencionarlo como una desafiante respuesta a los destratos verbales que recibia cada tanto.

"Ya me voy a morir" "ya vas aver cuando me muera" "no voy a vivir para siempre, dios no quiera". Y si. Porque ironicamente el día que la muerte empezo a tomarle las medidas a su sombra le quitó ese peso de su mente. Entonces su memoria se reiniciaba como un disco que repite una y otra vez la misma pista hasta que la radio se apaga. Pero esas pistas que sonaban eran por suerte las que más le gustaba bailar. 

Yo ya sabía ese martes que mamá me llamo para contarme que a la abuela le habían encontrado un tumor y estaba internada. Ya sabia que ese era el momento y esa iba a ser la forma.

Lo más cuestionable es que no tenía esa seguridad por los conocimientos de medicina y toda la logica de la aplicacion de tratamientos en personas gerontes que uno pensaria que podrian haberme dado tantos años en la carrera. No. Lo supe en el momento en que me dijeron que el tumor impedia que la abuela pudiera comer.

Mi abuela no era de tauro, dirían los astrólogos, pero una de sus formas favoritas de disfrutar de la vida era a travez de la comida. Y yo que como mi abuelo, si soy de tauro, lo incorpore fácilmente. 

El fideo con tuco los domingos, el asadito de su hijo, el plato de locro repetido hasta que alguien se de cuenta, el mano a mano de las empanadas fritas de carne que ella le habia ganado a mi ex, el vasito de licor las noches de frío, el mantecol al que siempre hizo responsabel de perder su figura juvenil. La torta frita el día de lluvia, los pastelitos, el dulce de mamón, el arroz con leche, el tereré de pomelo.

Por eso el día que supe que la abuela no podria disfrutar de seguir degustando la vida, tambien supe que no le interesaría quedarse. Suena inensible, lo sé, pero ese fue siempre "su consuelo de pobre" como decía ella.

Y yo pensé que estaba listo, porque era lo logico, lo obvio, lo natural, lo más esperable. Pero no.

No solo no estaba listo para la previa, no lo estuve en el momento y más de un año despues todavia no asimilo el posdata.

Yo que toda la vida cooquetee con la muerte, pero con la mía. Que siempre fuimos de la mano como un pacto tóxico de que ella me salvaria del sufrimiento si el mundo otra vez se volvia "demasiado".

Pero en el momento en que le solté la mano mi sobrebia me hizo creer que el vínculo solo podía existir entre nosotros dos, y que la vida no es en realidad finita...para todos.

Aunque ya lo sabía no estaba listo. Asique compre estupidamente una barra de mantecol y estuve pendiente del telefono una semana sin pegar un ojo de corrido por más de dos horas al  día. Atento, con la esperanza de verla y despedirla. 

Recuerdo que ese sábado llegue errante al cumpleaños de mi sobrina, preso de una migraña y un mareo incompatibles con la actividad de caminar. En la calle mientras andaba llegaba a dormirme por breves segundos y me despertaba a tiempo para retomar el equilibrio. Estaba baranjando con mi madre la idea de quedarme más días en Resistencia ya que habia una muy remota posibilidad de que pudiera ver a mi abuela en el horario de visita, ya que "su situacion" habia de alguna forma mejorado con la sonda. 

Estaba viendo a mi sobrina y sus amigos subir y bajar de los juegos mientras con mi mente hacía cálculos de las actividades que tendría que postergar, y a quien pedirle que viera a mis animales, cuando sentí que la puerta del local que tenia a mis espaldas se abría.

Una corriente de aire y de luz entraron por un segundo como si alguien hubiese ingresado desde la calle y una mano se posó sobre mi hombro izquierdo. Un escalofrío recorrió mi espalda.

Me voltee de inmediato pero solo quedaba la sensacion en mi cuerpo, como evaporada en la nada misma. Me sentí palidecer mientras escrutaba de arriba a abajo la puerta. Mi tía que estaba sentada junto a mí me miró y me preguntó si me pasaba algo, y yo tartamudeé una negativa mientras me esforzaba por apartar la mirada.

"Paso a decir chau"-dijo una voz en mi cabeza. Y un nudo que duraría muchos meses se instaló en el centro de mis entrañas. Negué con la cabeza y me retiré del cumpleaños. 

Ya en la calle la sensacion de mareo se habia marchado. "Llevas días sin dormir, estas alucianando" me dije a mi mismo sabiendo que era algo muy posible en mí. Sin embargo cuando mamá me volvio a preguntar decidí volver a Corrientes. A la mañana siguiente cuando me llamó me narró una situacion clasica al preludio de lo inevitable.

Y lo fue, porque el lunes mi abuela nos dejó físicamente.

Durante meses espere su aparicion en mis sueños. Su despedida en señales. Y hasta me enojé terriblemente cuando no apareció ni para su cumpleaños ni el mío.

Pero no. La verdad es que, alucinada o no, esa ultima palmada como siempre lo hacía fue la última y única despedida de Juana en mi vida.

-"quizas lo estas enfocando mal"- dice mi terapeutra trayendome de vuelta al presente - "quizas no se trate de que traigas su recuerdo a la vida, ella ya vivió su vida plena y se fue. Vos tenes vivirla a travez de lo que su vida creo en la tuya".

-" tiene más sentido, o al menos es más practico"- le respondo y me rio amargamente desplomando mi espíritu en la silla.

Si tuviera que elegir una cosa. Una sola cosa que la presencia de mi abuela generó en mí seria esto mismo.

Una vida dedicada a transgredir el paso del tiempo, contando historias.



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