El muro del silencio
Cuando el silencio era la norma, recuerdo más a los que hablaban.
No me molesta el silencio pasivo que se mete entre dos personas tranquilas, que solo disfrutan de estar existiendo juntas. Me molesta el silencio activo, el silencio tenso, que carga el peso de cosas no dichas, de cosas no comunicadas. Que es tan espeso que puede tener hasta un elefante escondido detrás...o algo más peligroso. Siempre es algo más peligroso.
Por eso recuerdo a los que me hablaban como rompiendo esa regla tácita.
Mi abuelo me hablaba, me contaba cosas de las plantas, de la vida, de los valores humanos. Y si había algo que no podía saber me lo decía "vos no tenes que saber eso".
Mi abuela me hablaba, creo que esa fue nuestra conexcion principal el tiempo que vivimos juntos. Ella hablaba de otros tiempos, de historias de personas que aunque nunca conocí, son parte de mi vida, como mi gata que lleva el nombre de una tia abuela que jamás vi. Yo hacía preguntas hasta que llegábamos a un callejón sin salida, donde la continuación era borrosa o quizás demasiado dolorosa para hablar. Entonces ella zanjaba con un "y bueno, así es la vida".
Mi madrina me hablaba, me contaba cosas curiosas con una ternura increíble. Me mostraba, me escuchaba. Pero sobre todo me preguntaba , y lo hacía de una forma tan genuina que me costaba mucho mentirle incluso cuando sabía que la verdad me traería consecuencias que no quería.
Mi padrino me hablaba. Pero se fue muy pronto. Nunca olvidare el día que yo corrí a contarle alguna tontería de niños y me retaron, pero él los interrumpió y terminó de escucharme. Igual ya tenía un nudo en la garganta y los ojos vidriosos. Entonces él me alzaba y me hablaba bajito como contándome secretos.
Mi tío Abel me hablaba y a mi me daba la impresión de que él sabía todo. Él explicaba con mucha habilidad lo que sea que le preguntabas.
Siempre envidie sanamente a mis primas que podían ir con él a consultarles cosas y su papá les respondía. Incluso les explico de manera abierta y segura varias de las inquietudes que empieza a tener un niño al crecer. Eso debió ser fantástico.
Mi papá siempre fue del "no sé", aunque si sabía, o del "shhh cállate" porque estaba viendo algo en la tele o hablando de algo de gente grande.
Todo en casa era eso,un silencio activo como el reloj de una bomba que suena insidiosamente llevando cada vez más su aguja al cero. Un silencio ruidoso amenazando constantemente con desplomarse como el cielo sobre nuestras cabezas. A veces era mejor romperlo y desatar el caos que sostenerlo.
Incluso hoy que mi fortaleza no son las palabras odio ese silencio. Prefiero las charlas incómodas, la intensidad de una presencia que irrumpe esa penumbra con un "¿que te pasa?" O un "¿estas bien?" Cuando muchas veces en realidad el que no lo está soy yo.
Hola, háblame, te escucho, escúchame, te quiero, te extraño. Todo va a estar bien, estoy acá, no estás sola.
Hoy en día sé que no todos los silencios activos están creados con malas intenciones. Algunos son consecuencia de espacios muertos entre muros internos, que alguna vez tuvieron el objetivo de proteger. Pero hoy son laberintos que aíslan a sus huéspedes tanto de sensaciones malas como buenas.
A veces me paro detrás de uno de esos muros. Lo miro, acaricio sus piedras perfectamente talladas y toco el timbre.
Lo sé, ridículo. Nadie va a atenderme. Al menos no hoy.
Pero no importa porque volveré mañana, y quizás también pasado mañana, y así hasta que llegue la primavera.
Porque sé que vale la pena esperar para tomar mates contigo, juntos en la plaza o en la vereda.
Así sea para contar historias o simplemente quedarnos en silencio.
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