El jugador más importante

Tan solo volver a verla me reventó la cabeza.

Mi cerebro voló por los años y mis manos volvieron a sentirla, un poco fría, firme y vibrante. Puedo escuchar los gritos de fondo, el barullo y el sonido de las zapatillas frenando de golpe contra el parqué en un pivot. En ese entonces era "driwling".

Me puedo sentir a mi mismo sentado en el piso con ese pantalón color azul marino lleno de bolitas de algodón aglomerado y una remera blanca debajo de un pulover también azul, abrazado a la pelota naranja brillante.

Hacen fácil 40 grados a la sombra en la siesta chaqueña y yo estoy con un pulover mangas largas, sudando claramente pero fingiendo que no es asi.

Las demás chicas tan solo de verme se descomponen, pero en realidad mi cuerpo ya esta mal acostumbrado a eso. Detesto mi cuerpo con todo mi ser pero no reniego de su ligereza a la hora de jugar, es ágil y escurridizo, y con mi baja estatura me permite escapar fácilmente de las manos de la defensa contraria.

Practique solo y hasta el cansancio mi puntería y precisión para compensar la altura. Este es mi sitio. 

Por lo general llego temprano, muy temprano, y aparto para mi el mejor balón y media cancha en la que practico con oponentes imaginarios las jugadas.

El olor al plástico mezclado con polvo de la pelota esfuman cualquier cosa incomoda que pudiera haber ocurrido esa mañana en el colegio. Porque la verdad es que para el estudio soy muy malo, pero él deporte se me da genial.

Quedarme quieto no me sale.

El primer año cuando me uní al grupo estaban mis superiores para abrirme el camino y marcarme el paso, darme de a poco la confianza para pedir la pelota y encarar, para idear estrategias y jugadas sobre la cancha. Pero todas ellas egresaron y solo quedo yo.

Ahora yo soy el ejemplo de las menores, el que les caga a pedos cuando perdemos una buena oportunidad para anotar porque no se animaron a lanzar. Pero incluso en ese rol, nunca me quito el suéter. 

Hubo una vez que me desmaye incluso, pero tuvo poco que ver con el calor y más que ver con la anemia y falta de comida en mi estomago. Porque una forma continua de odiar mi cuerpo es seguir maltratandolo con la comida y aun así exigirlo para todo.

No debería parecerme raro entonces, que si tan solo con estar parado o a veces sentado me doliera el contacto de mis huesos con el piso, al caerme el otro día patinando, en un pequeño movimiento me rompiera la muñeca.

En un reflejo quise evitar que una amiga se lastimara al caer y me termine lastimando yo. Ahora parado frente al aro con la férula desmontable en la mano derecha y la pelota en la izquierda, pienso que tan bien en realidad no me caía esa amiga.

Lorena nada más entrar me mira la mano reposada en mi pecho por un pañuelo y busca mi rostro. Yo la evito como quien conoce la mirada asesina de un entrenador a punto de cantarte hasta la marcha a San Lorenzo. Ella ante mi evasiva elige otra estrategia, suspira y juega la carta de la frialdad -"A ver que vas a hacer ahora"-.

Este no solo es mi último año sino que son los últimos meses. La cague.

Tengo que oficiar de árbitro el tiempo que me queda, con toda la bronca de tener también prohibido correr y jugar con la izquierda porque sigo haciendo movimientos indebidos con la mano que tengo que mantener inmovilizada. Igual mis esfuerzos son mediocres y termino prolongando el tiempo de recuperación.

Mi bronca es inmensa hacia un cuerpo que solo hacía bien una cosa y ahora ni para eso. No encuentro formas acordes para castigarlo. Y mientras tanto él en la quietud sólo se dedica a reventar por todos lados, a exigir cosas que antes no pedía. De repente ahora duele más, se cansa más, se desmaya en clases incluso. 

Pero que inútil,  como lo odio.

Lo odio porque es horrible. Y no solo lo digo yo, lo dice cualquiera. Las taradas de mi curso que se burlan de mi piel pálida, sobre todos mis piernas, de mi panza flácida, de lo asimétrico de mi rostro.

Desayuno, almuerzo y ceno con los comentarios de mi papá y mi familia sobre la gente gorda y asquerosa, sobre todo las mujeres que seguro también son un desastre conduciendo. Aunque no sé como se relacionan, estas cosas siempre van juntas. Mujeres gordas y asquerosas que manejan mal y son todas machorras.

Por eso yo me junto con los raros. Pero eso no termina de equilibrar la balanza.

En el patio de mi abuela fue la última vez que pude picar a gusto mi pelota de basquet y en algún punto de las varias mudanzas la perdí. No me acordaba hasta recién, viendo el partido de las chicas y escuchando a mi amigo al lado comentar boludeces sin siquiera saber las reglas del juego.

Estoy absorto. Daría lo que fuera hoy, casi 20 años después, por bajar a la cancha y picar la pelota hasta el aro contrario. Hoy sí me quitaría el suéter y correría hasta con mi pierna coja, total que me importa.

Que me importa hoy, si ya aguante mil dolores diferentes en mi cuerpo y sé que el único que no se soporta es el que se hace uno mismo al odiarse. Al desprotegerse uno porque es lo que todos los demás también hacen. 

Ya soy grande y no va a venir nadie a controlar como lo solía hacer la abuela por la noche, a ver si ya me dormi, si cené, si tome agua.

Pero esta bien porque ahora me tengo a mí cuidandome, primero que a nadie todos los días. Más vale tarde que nunca. 

Porque la verdad es que nadie va a saber cuidarte y darte la prioridad que mereces más que tu mismo. 

Por eso viendo este partido soy otra persona y hoy es otro día. Y para mejorarlo, las chicas ganaron.








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