8 minutos
Cuando Sofi se tuvo que mudar con su familia a Bs. As , ya que su papá era militar y lo habían vuelto a trasladar, con las chicas vivimos no sé si la única, pero si la más genuina amistad por correspondencia de nuestras vidas.
Parece algo muy loco de imaginar en estos tiempos, tener que pensar en lo que era decidir qué contar en una o dos hojas, qué cosas poner dentro del sobre que tenia que tener un determinado peso porque de ello variaba el costo. Comprar las estampillas, poner de forma correcta la direccion del remitente de un lado y del destinatario del otro; que alguna de nuestras madres lo llevara hasta el correo y esperar. En realidad nunca sabias a ciencia cierta que día iba a llegar, variaba mucho por temas del transporte y el cartero. A veces se avisaba para que haya alguien en casa atento al cartero, pero otras eran sorpresa. Y solo podias imaginar la alegria y la emocion al ver ese sobre con el nombre de alguien muy querido en él.
Con Sofi nos contabamos las novedades de la temporada, habia que resumir con suerte un mes en sus sucesos más importantes. Su mudanza, su nueva casa, su barrio y escuela nueva, el reencuentro con viejos amores etc. Nosotras le contabamos a cosas del colegio, quien se habia quedado con su asiento en el salon, chismes en general.
Esa fue la primera vez que conocí los efectos reales de la distancia, y no solo la distancia física.
Estabamos las cuatro amigas atadas a los efectos de los kilometros, no existia en aquella epoca esa amiga que hoy te puede atender una video llamada durante una crisis existencial un sábado a las tres de la tarde. No. Pero había alguien que mínimo los cuatro minutos que le tomaba leer todo lo que escribiste, te prestaba su completa y total atención.
Yo tenía una mejor amiga por aquel entonces en los grupos de los sábados, una de las primeras, con la que últimamente la distancia se habia ido agrandando, como si ella cada fin de semana se mudara una provincia más lejos. Y yo había empezado a medir esa distancia a través de esos cuatro minutos semanales que se iban acortando.
Yo parezco haber nacido sin el instinto natural de entender a la gente, sus señales y sus gestos. Asique en la confianza preguntaba si habia sucedido algo que ignoraba, pero siempre tenia la misma respuesta, ella sonreia y decia "jaja nah estoy en cualquiera" entonces intentaba preguntarme algo y sostener su atencion unos segundos. Luego volvía todo a lo mismo, y un tiempo despues ya no tenía ni eso.
El desinteres dio paso a la frialdad. Ahora ya no podia ser solo yo el que imaginara cosas ¿como podiamos pasar de preguntarnos a que hora ibamos a llegar cada una para juntarnos a charlar a ni siquiera saber si la otra iba a ir o no, y por qué causa?
En mi cabeza repasaba una y otra vez las situaciones anteriores tratando de entender qué podia haber echo mal para molestarle, qué podía exitir dentro de ese silencio. Mientras tanto mi amiga se mudaba a la Antartida y se volviá más inaccesible que Sofi.
Eventualmente lo deje de intentar y empezamos a lo que llamariamos hoy "fingir demencia". Pasamos a ser simplemente dos extraños que se conocían de toda la vida.
"Sindrome de abandono " me decia una amiga en chiste haciendo referencia a otra circunstancia, pero me paso tantas veces esa misma situación que empece a pensar que el problema era yo.
Por más que me esforzara nunca lograba entender del todo la razón por la cual una persona un día te abraza con el alma y te jura que es tu hombro de lagrimas, y al otro desaparece como un personaje censurado de una serie de television transgresora.
Nunca entendí como en las diez oportunidades previas no reino el diálogo por sobre el miedo. Aunque sea una verdad horrible, pero que al menos le de un cierre o una voz al desconcierto. No se puede curar una herida que no cierra y no se puede cerrar algo que no existe, por más que duela. Cuando el cambio sucede sin que te des cuenta. Cuando pensabas que estaba todo bien y una mañana te despiertas para darte cuenta que no.
Dicen que uno repite patrones en la vida hasta que aprende de ellos a responder diferente y luego se esfuman. En ese caso podria sentirme como ignorante aún, sentado en mi mesa un sabado mirando el horizonte, con el corazón echo pedazos y preguntandome si el cupón de 8 min seguirá vigente o ya se habra vencido.
Mi logica me indica lo segundo, ya que hay distancias voluntarias que quedan más lejos que Buenos Aires, allá donde no llegan las cartas, ni los whatsapps, ni las fotos de una sola vez. Es dificil comunicarse con el silencio pero es imposible vincularse con la ausencia.
Hay una parte de una pelicula llamada "Little Manhatan" que vi cuando chico, donde el padre le explica a su hijo que veces los vinculos se rompen por exceso de "platos sucios". Que las charlas incomodas y las cosas no dichas son como platos sucios en el fregadero de la cocina, que se van acumulando día tras día hasta volverse una pila enorme que no te deja utilizarlos y en algunos casos ni siquiera lavarlos.
Desde ese entonces siempre procure seguir la filosofia de mantener los platos limpios, pero creo que tiene un punto ciego, y es que no puedes lavar los platos que ni siquiera han llegado al fregadero.
Y eso es lo que yo siento que la gente que desaparece de mi vida hace, me deja al borde de la pileta con la esponja cargada de detergente en una mano, pero se alejan cargando los platos.
Y aqui estoy hoy parado mirando, preguntandome si leí bien las letras pequeñas del cupón. Y si aquellos 8 minutos eran para todos los casos.

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