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De Mentiras a Verdades

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Si algunas mentiras estuvieran bien justificadas en la infancia, creo que ésas serían las que empezaban en verano y ayudaban a crear la épica que envolvía las vacaciones. Cuando el sol empezaba a calentar tanto el asfalto como el monte y toda la gurisada ya liberada de nuestras mayores preocupaciones escolares nos amontonamos en la calle y en la casa de los abuelos.  Esos veranos que olían a calor, a agua de pileta con mucho cloro, a la polvora de los cohetes y la flor del mango. Con el ruido de las chicharras de fondo que presagiaban la sandía gigante y dulce que iba a estar esperando, ya cortada por la mitad, en la heladera de la abuela. Las mentiras permitidas son las que empezaban ahí mismo, con las que envolvían la fruta. Desde tragar las semillas que te iban hacer crecer un arbol desde la panza (hoy encima sabiendo que la planta de sandia es una enredadera) hasta las versiones sobre la cantidad y las mezclas que estaban permitidas. Comerla tibia producía dolor de panza, comer...